
Érase una vez un matrimonio experto en Condicionamiento Instrumental que creían que su vida de experimentadores bajo el mandato del malvado ogro Skinner no era lo suficientemente satisfactoria económicamente, con lo que decidieron cambiar de vida.
La idea de este encantador matrimonio, los Breland, era la de condicionar animales para luego poder venderlos al circo o al zoo. En esencia, era muy sencillo: querían condicionar la conducta de ahorro en mapaches. Para esto, necesitaban mapaches hambrientos que deberían coger una moneda que el experimentador les ofreciese y meterla en una hucha; así conseguirían comida para saciar su apetito.
Todo iba viento en popa, los mapaches eran capaces de emitir la conducta e iban progresando poco a poco. Breland y Breland ya soñaban con el dinero en su regazo; pero entonces, ocurrió algo. A medida que el experimento avanzaba, los mapaches se volvían más avaros. Cuando se les daba la moneda, en vez de meterla en la hucha para conseguir comida, se la quedaban para sí y la frotaban compulsivamente contra su pecho durante unos segundos, e incluso minutos.
Y este fue el modo en el que el matrimonio Breland tuvo que decir adiós a su gran idea de vender animales al zoo condicionados por ellos mismos. Así que, ni vivieron felices, ni comieron perdices (por lo menos en cuanto a su gran idea de hacerse ricos).
¿Qué estaba pasado? Los mapaches son animales con una conducta alimenticia muy curiosa: antes de comerse el alimento, lo limpian bien; cosa que incluye frotarlo activamente contra su cuerpo. ¿Y por qué los animales estaban confundiendo una moneda con su comida? Esto era así porque se estaba produciendo una asociación de tipo clásica, donde el Estímulo Condicionado o EC era la moneda, el Estímulo Incondicionado o EI era la comida y la Respuesta Incondicionada o RI era frotar la comida para después comerla. Al producirse Condicionamiento Clásico, el EC adquiría propiedades del EI, y provocaba una Respuesta Condicionada parecida a la RI. Es decir, el animal asociaba la respuesta a la comida con la moneda, por lo que acababa frotando la moneda como si fuese comida.
A medida que se realizaban más ensayos, esta asociación cogía más fuerza, con lo que la conducta de ahorro se veía mermada. La respuesta innata de frotar la comida para después comérsela, era más poderosa que la respuesta adquirida de introducir una moneda en una hucha, con lo que el experimento no podría tener éxito.
Moraleja. El matrimonio Breland no debería de haber fantaseado tanto y nunca tendría que haber abandonado el laboratorio del malvado ogro Skinner. Nunca confiéis en los mapaches si vuestro propósito es haceros ricos.