Pseudofábula

Escrito por kurrilera in Bichos del demonio

Buscando, buscando en el amplio mundo de las fábulas de Esopo, no he encontrado una que hablase de lo que yo quería reflejar; así que, me dispongo a hacer un pequeño intento fallido:

Érase una vez un grupo de animalitos del bosque que solían quedar a menudo para compartir ideas, historias y, en definitiva, divertirse un poco con su compañía. Entre ellos había un erizo, una ardilla, un búho, un tejón, un topo, una chinche, un urogallo y una babosa. Todos tenían cosas distintas que hacer; pero siempre solían encontrar un pequeño hueco para reunirse todos juntos y contarse hazañas.

Hacían muchas fiestas y reuniones a las que todos estaban invitados. Todos tenían derecho a comer y pasárselo bien. Les gustaba juntarse. Pero un buen día, la chinche (que especialmente se enfadaba cuando la dejaban de lado) decidió hacer una fiesta en la que invitó al erizo, al topo, al urogallo, la babosa, y aún a más animalitos; y no invitó a la ardilla, el búho y el tejón. Los tres, muy enfadados por no tener el simple detalle de invitarles, fueron a su pequeña morada y le dijeron:

- ¿Por qué no nos has invitado cuando tú eres el primero en enfadarte cuando no te invitamos nosotros a nuestras reuniones?

- Porque teníais cosas que hacer.

- Pero tú eso no lo supiste hasta hace poco.

- …

Y la ardilla cogió a la chinche y la aplastó entre sus pequeñas manos.

Como en toda fábula, aquí se recoge una pequeña moraleja: no juegues con fuego o acabarás quemándote.

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¡Seeee!. Al fin. Ahora han perdido parte del respeto que tenían. Siempre tan serios, y grandotes. ¡Osos bailando! Y cabe decir que bailan mejor que algunos especímenes en su fase de apareamiento semanal en las discotecas y afters.

Visto aquí.

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Vadeaba un perro un río llevando en su hocico un sabroso pedazo de carne. Vio su propio reflejo en el agua del río y creyó que aquel reflejo era en realidad otro perro que llevaba un trozo de carne mayor que el suyo.Y deseando adueñarse del pedazo ajeno, soltó el suyo para arrebatar el trozo a su supuesto compadre.

Pero el resultado fue que se quedó sin el propio y sin el ajeno: éste porque no existía, sólo era un reflejo, y el otro, el verdadero, porque se lo llevó la corriente.

Nunca codicies el bien ajeno, pues puedes perder lo que ya has adquirido con tu esfuerzo.

Una de las famosas fábulas de Esopo que me tocó traducir en bachiller.

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¿Os acordáis de aquel pequeño gato que os describía hace unos meses? Pues como podéis ver, sigue vivo. Desde entonces ha crecido mucho (tanto a lo alto como a lo ancho) y ahora es un gran gatito de cinco meses.

A los cinco meses acaban sus vacunas (hasta el año siguiente), hay que ir pensando en castrarles, y…se les caen los colmillos de leche. Pues bien, a Freud se le han caído hoy los de arriba y luce unos pequeños agujeros en su lugar. Encontramos uno de ellos en la alfombra, y el otro se lo debió de tragar sin querer. El pobre está apático: ya no quiere jugar a estos juegos tan divertidos que conoce él como morder al dueño, porque le duele al morder; hace cosas raras con la lengua y…ahora mismo intentando morderme en el brazo, me ha manchado el pijama de sangre. Pobrecillo. Esto de los dientes de leche…es una caca

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Desde hace hoy quince días, este es mi nuevo inquilino. Este gatito, con poco más de un mes, lo encontramos en el garaje de mi casa después de haber sido abandonado a su suerte por su propia madre.  Así es que ahora me toca  a mí ser su madre llevando a cabo tareas  como cortarle las uñas, darle el biberón, o estimularle con un paño mojado para que aprenda a hacer sus necesidades solito.

Los cierto es que en estos últimos quince días ha crecido mucho: ha pasado de arrastrar sus patas por la casa, a poder mantenerse sobre ellas e incluso ser capaz de correr, le han salido los dientes (y colmillos), ha aprendido a arañar (que se lo digan a mi mano izquierda), su vista ha mejorado mucho, ha aprendido a hacer sus necesidades sólo (aunque aún no domina el tema de la arena), ha comido sus primeros granos de pienso, etc.

Pero lo que aún le falta es definir algo más su sexo; porque ahí abajo aún no se ve bien si es gatito o gatita. En fin, tendremos que seguir esperando para ver si al final tenemos una Safo o un Freud en casa.

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Érase una vez un matrimonio experto en Condicionamiento Instrumental que creían que su vida de experimentadores bajo el mandato del malvado ogro Skinner no era lo suficientemente satisfactoria económicamente, con lo que decidieron cambiar de vida.

La idea de este encantador matrimonio, los Breland, era la de condicionar animales para luego poder venderlos al circo o al zoo. En esencia, era muy sencillo: querían condicionar la conducta de ahorro en mapaches. Para esto, necesitaban mapaches hambrientos que deberían coger una moneda que el experimentador les ofreciese y meterla en una hucha; así conseguirían comida para saciar su apetito.

Todo iba viento en popa, los mapaches eran capaces de emitir la conducta e iban progresando poco a poco. Breland y Breland ya soñaban con el dinero en su regazo; pero entonces, ocurrió algo. A medida que el experimento avanzaba, los mapaches se volvían más avaros. Cuando se les daba la moneda, en vez de meterla en la hucha para conseguir comida, se la quedaban para sí y la frotaban compulsivamente contra su pecho durante unos segundos, e incluso minutos.

Y este fue el modo en el que el matrimonio Breland tuvo que decir adiós a su gran idea de vender animales al zoo condicionados por ellos mismos. Así que, ni vivieron felices, ni comieron perdices (por lo menos en cuanto a su gran idea de hacerse ricos).

¿Qué estaba pasado? Los mapaches son animales con una conducta alimenticia muy curiosa: antes de comerse el alimento, lo limpian bien; cosa que incluye frotarlo activamente contra su cuerpo. ¿Y por qué los animales estaban confundiendo una moneda con su comida? Esto era así porque se estaba produciendo una asociación de tipo clásica, donde el Estímulo Condicionado o EC era la moneda, el Estímulo Incondicionado o EI era la comida y la Respuesta Incondicionada o RI era frotar la comida para después comerla. Al producirse Condicionamiento Clásico, el EC adquiría propiedades del EI, y provocaba una Respuesta Condicionada parecida a la RI. Es decir, el animal asociaba la respuesta a la comida con la moneda, por lo que acababa frotando la moneda como si fuese comida.

A medida que se realizaban más ensayos, esta asociación cogía más fuerza, con lo que la conducta de ahorro se veía mermada. La respuesta innata de frotar la comida para después comérsela, era más poderosa que la respuesta adquirida de introducir una moneda en una hucha, con lo que el experimento no podría tener éxito.

Moraleja. El matrimonio Breland no debería de haber fantaseado tanto y nunca tendría que haber abandonado el laboratorio del malvado ogro Skinner. Nunca confiéis en los mapaches si vuestro propósito es haceros ricos.

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¿En serio querrías ser un pulpo? Es un bicho feo de ocho patas gordas, llenas de ventosas y un cabezón enorme y amorfo. ¿En serio? Mira el bichito tan adorable de la foto, ¿a que es mono? Con su conchita rayada y su multitud de mini patitas. Vale, son de la familia; pero mola más pasear por el océano metidito en tu jet privado, con un chorro propulsor que te lleva a donde quieres; que confundir todo el rato al personal cambiando de color o montando gresca con los pobrecillos de los tiburones.

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